Un tesoro negro y viscoso.Después de presentarse como promotor de la alianza de civilizaciones, Zapatero recibe a uno de los dictadores más abyectos del planeta.
Tal contradicción se justifica por el llamado pragmatismo de estado, que permite arrinconar la ética para favorecer ciertos intereses económicos supuestamente beneficiosos para el conjunto de la sociedad. Después, un poco de estética para aliviar el mal trago: nos cuentan que se ha forzado un compromiso de Obiang para liberar a los presos políticos o se le impide su visita al Congreso de los Diputados.
Tengo la sensación de que la historia se ha escrito, y se escribe en gran parte, con los renglones torcidos del pragmatismo de estado. Cesiones interesadas a personajes infames que acaban por convertir en papel mojado los derechos humanos fundamentales. Los valores éticos se transforman así, en pricipios estéticos. Puro maquillaje para tapar las verguenzas de nuestra civilización. Un ambientador con olor a esperanza para enmascarar la peste que despide la descomposición de los valores más elementales.
La fetidez del personaje es, no obstante, demasiado alta y la química propagandística no ha evitado que nos tapemos las narices. Aunque el rechazo de la opinión pública a este tipo de visitas sigue siendo más bien escaso. Tal vez porque en el ámbito privado justificaríamos también estas conductas; pasaríamos por alto la catadura moral de nuestro huésped si tuviésemos la oportunidad de cerrar con él algún sustancioso negocio.
El concepto de genocidio debiera ampliarse para abarcar también aquellos supuestos en los que se produce el exterminio de la población por motivos económicos. Serían, así, genocidas aquellos gobernantes que acumulan la mayor parte de la riqueza de sus naciones, mientras su pueblo sobrevive en condiciones de absoluta miseria. Y los gobiernos que hiciesen negocios con ellos, serían considerados sus cómplices. La opinión pública se opondría entonces, con mayor firmeza, a este tipo de vergonzantes visitas de estado.


